Bienestar emocional

Bienestar Emocional

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Luz sonriendo a la cámara directamente sosteniendo las manos juntas encimas de la cabeza y las olas del mar de fondo

Estar cansada todo el tiempo, aunque “todo esté bien”

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El sufrimiento de creer que existe una vida sin sufrimiento.

Reflexiones sobre la insatisfacción inherente a la experiencia humana y la paz que surge cuando dejamos de luchar contra ella.

Vivimos en una cultura que a menudo nos transmite la idea de que el bienestar significa sentirnos felices, motivados y en paz la mayor parte del tiempo. Cuando aparece el cansancio, la tristeza, el vacío o una sensación difícil de nombrar, solemos interpretarlo como una señal de que algo está mal, de que hemos fallado o de que necesitamos arreglarnos de alguna manera.

La filosofía budista nos ofrece una perspectiva diferente. Una de sus enseñanzas centrales es que existe una insatisfacción inherente en la experiencia humana. A esta cualidad la llama dukkha: una sensación de incompletud o descontento que forma parte de la vida misma. Ya que nada ni nadie puede ofrecernos una satisfacción permanente.

Desde esta mirada, mucho sufrimiento surge cuando olvidamos cómo funciona realmente la experiencia humana. Sufrimos porque esperamos que la vida nos haga sentir bien todo el tiempo. Sufrimos porque creemos que si todo está "bien", entonces deberíamos sentirnos plenos todo el tiempo. Sufrimos porque confundimos la presencia de una emoción difícil con la evidencia de que algo está mal.

Comprender esta verdad transforma profundamente nuestra relación con el sufrimiento, porque nos permite experimentar los momentos de incomodidad como algo natural, en lugar de verlos como problemas que necesitan ser resueltos. Cuando aparece una sensación de cansancio con la vida, una melancolía sin causa aparente o una insatisfacción difícil de explicar, podemos recordar que esto también forma parte de la experiencia humana. No siempre hay algo que arreglar. No siempre hay una lección escondida. No siempre hay una acción que tomar.

A veces simplemente hay algo que dejar ser.

La práctica consiste entonces en dejar de luchar contra lo que está presente. En lugar de preguntarte cómo eliminar esa experiencia, intenta hacerle espacio. Observa sabiendo que, al igual que las estaciones, los estados internos cambian. Así como llegan momentos de insatisfacción, también llegan momentos de plenitud, gratitud, alegría y conexión.

Todo va y viene.

Los estados de bienestar suelen ser bienvenidos y rara vez los cuestionamos. Tal vez podamos relacionarnos con el sufrimiento de la misma manera: permitiéndole estar presente sin exigirle una explicación ni una razón para existir.

Cuando dejamos de bloquear o resistir nuestra experiencia, el flujo natural de la vida puede continuar. Las emociones, las sensaciones y los estados internos se transforman porque esa es su naturaleza. El sufrimiento suele intensificarse cuando intentamos retener aquello que queremos o expulsar aquello que no queremos. En cambio, cuando permitimos que la experiencia se mueva a través de nosotros, descubrimos que nada permanece exactamente igual por mucho tiempo.

Para mí, la libertad no ha consistido en dejar de sufrir, sino en dejar de creer que el sufrimiento es una señal de que algo está mal. Ha consistido en recordar que incluso en una vida hermosa, significativa y llena de amor, seguirán existiendo momentos de incomodidad y dolor. Y que la paz no surge por intentar eliminar esos momentos, sino de aprender a encontrarlos con menos resistencia y mayor aceptación.

Porque a veces todo puede estar bien y, aun así, existir cierta insatisfacción. Y eso también es parte de estar vivos.

Y esto tampoco significa ignorar el sufrimiento o minimizarlo. Cuando el malestar ocupa demasiado espacio, persiste en el tiempo o limita nuestra capacidad de vivir con libertad, Hay que prestar aún más atención. A veces el sufrimiento se presenta como un maestro insistente que señala dónde hay apego, resistencia o una desconexión de la realidad tal como es.

En esos momentos, contar con un espacio seguro para explorarlo puede ayudarnos a recordar cómo funciona realmente la experiencia humana. Puede ayudarnos a traer claridad a aquello que parecía confuso, a desarrollar una relación más compasiva con nosotros mismos y a encontrar una mayor libertad interior.

Si sientes que el sufrimiento está ocupando más espacio del que te gustaría en tu vida, estaré feliz de acompañarte en el proceso de explorarlo.

Ser feliz como un acto de resistencia

Vivimos en una sociedad que nos enseña que la felicidad llega cuando alcanzamos cierta estabilidad económica, cuando tenemos una casa, la posibilidad de viajar o una vida que parezca exitosa desde afuera. Y si todavía no tenemos esas cosas, es fácil sentir que estamos fallando, que la felicidad aún no nos corresponde.

Quiero decir algo importante desde el inicio: no pretendo minimizar lo difícil que es vivir con inestabilidad financiera. La incertidumbre económica genera un enorme estrés y tiene efectos reales sobre la salud mental. Hablar de resistencia no puede convertirse en una forma de romantizar la precariedad ni de ignorar las profundas desigualdades que impone el sistema.

Lo que me pregunto es qué sucede cuando, además de cargar con esas dificultades, comenzamos a creer que no tenemos derecho a experimentar alegría hasta que nuestra vida finalmente “se acomode.”

Vivimos atrapados entre la lógica de la productividad, el consumo y la apariencia. Se nos enseña que nuestro valor depende de cuánto producimos, cuánto tenemos y hasta de cómo luce nuestro cuerpo. Debemos ser exitosos, jóvenes, delgados, eficientes y estar siempre mejorando. Descansar genera culpa. Envejecer parece un fracaso. Como si nuestra dignidad también tuviera que ganarse.

Creo que el mercado ha colonizado nuestro imaginario sobre la felicidad. No solo vende productos; vende promesas. Nos convence de que la alegría siempre está un paso más adelante: en el próximo ascenso, en el siguiente aumento de ingresos, en el viaje que aún no hacemos, en el cuerpo que todavía no tenemos o en la versión futura de nosotros mismos que, por fin, será suficiente. Sin darnos cuenta, terminamos posponiendo la vida mientras perseguimos una versión idealizada de ella.

Esta crítica no es nueva. Erich Fromm advertía que la cultura moderna había desplazado el valor del ser por el del tener. Décadas después, Byung-Chul Han describió cómo hemos interiorizado la exigencia de producir y optimizarnos constantemente hasta convertirnos en una sociedad profundamente cansada. Mucho antes, Baruch Spinoza proponía una comprensión radicalmente distinta de la alegría: no como un premio por alcanzar determinadas metas, sino como la expresión de una mayor capacidad para existir, sentir y actuar.

Cada vez más enfoques entienden que una vida psicológicamente saludable no es aquella donde el dolor desaparece, sino aquella en la que conservamos la capacidad de conectar con aquello que da sentido a nuestra existencia incluso cuando el dolor está presente.

Como psicoterapeuta, esta idea ha transformado profundamente mi manera de entender el bienestar.

No creo que la meta sea dejar de sufrir. Creo que la meta es no perder nuestra capacidad de disfrutar la vida aún si estamos sufriendo.

Lo que resulta profundamente doloroso es cuando, aprendemos que la felicidad no puede no está disponible para nosotros debido a nuestra condición actual, como si no mereciéramos ser felices ahora.

Quizá el problema nunca fue desear estabilidad económica, viajar o alcanzar determinadas metas. Todas esas aspiraciones son legítimas. El problema aparece cuando condicionamos nuestra capacidad de experimentar alegría a una lista interminable de requisitos. Cuando creemos que solo podremos descansar cuando tengamos más dinero, disfrutar nuestro cuerpo cuando se vea de cierta manera o sentirnos suficientes cuando logremos más.

Es entonces cuando la felicidad deja de ser una experiencia humana y se convierte en un producto que siempre parece estar a la venta, pero nunca al alcance.

Por eso pienso que ser feliz puede ser un acto de resistencia.

No porque “decidir ser feliz” elimine las injusticias sociales ni porque baste para transformar las condiciones materiales de nuestras vidas. La resistencia de la que hablo es otra.

Es proteger nuestra capacidad de experimentar alegría y vitalidad en un mundo que constantemente intenta condicionarla.

Es defender espacios donde el mercado, la productividad, la comparación y los ideales imposibles no tengan la última palabra sobre nuestra experiencia.

Es negarnos a creer que nuestra dignidad depende de cuánto producimos, cuánto acumulamos o cómo luce nuestra vida.

Porque nada debería tener el monopolio sobre nuestra capacidad de maravillarnos, de conectar, de descansar, de crear, de jugar o de amar.

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